Ocean’s Thirteen y la eternidad
Uno de los requisitos imprescindibles para que una película sea buena es que esté bien hecha. Sucede lo mismo que con la cocina: los ingredientes pueden ser de primera calidad, un buen guión, un director competente, un magnífico reparto pero, si todo ello no se mezcla con maestría y saber hacer, termina siendo un monstruo de Frankenstein, gigante en la suma de las partes, pero sin un conjunto total que lo cohesione.
Y éste es el caso de Ocean’s Thirteen, una maravillosa suma de partes, unidas de manera magistral para crear un producto cinematográfico de formato clásico, a la vieja usanza, una película que bien se hubiera podido rodar en la época dorada del cine.
Porque esta película, la tercera de la saga, cuenta con todos los ingredientes necesarios para que una película funcione y, no sólo eso, sino que, además, destaca por algo que, otras películas similares no tienen: magia.
Y en el mundo del cine, magia es sinónimo de elegancia, estilo, buen hacer, calidad y durabilidad, que son las características de todas las películas que, a día de hoy, cualquier buen amante del cine valora sobre cualquier otra.
Porque, a diferencia de la gran mayoría de cintas que se proyectan a día de hoy, cuya durabilidad es similar a la de una golosina a la puerta de un colegio, la tercera parte de la saga que comenzó con Ocean’s Eleven, maravilloso remake de La cuadrilla de los once, tiene el sabor de las películas de corte clásico: la eternidad.
Artículo de Tony Brasco
Productor y guionista... como diría el replicante al que encarnó Rutger Hauer en la mítica Blade Runner... "he visto cosas que vosotros no creeríais"... algunas se pueden contar y otras, habrá que pensarlo...


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